​La organista eslovaca Mónica Melcova y el trompista español Juan Manuel Gómez protagonizaron el viernes el concierto de clausura del Ciclo de Órgano de Torreciudad, que este año ha cumplido su edición número veintisiete. Unido al festival Clásicos en la Frontera, el evento cultural más importante que organiza el santuario cuenta con la colaboración de la Fundación Caja Rural de Aragón y el Ayuntamiento de Secastilla.

Ambos músicos desplegaron un admirable virtuosismo en la ejecución del programa. En el Ofertorio de la Misa para uso parroquial, del compositor francés Couperin, pudieron apreciarse los múltiples colores del órgano (corneta, trompetas…) y un interesante diálogo entre los dos órganos que tiene el templo: el del coro y el de la bóveda. También en el Preludio de Ravel, otro de los solos de Mónica, obra impresionista cargada de armonías modales, la organista mostró una brillantez que cautivó al público asistente.

El trompista ofreció un impactante solo: «Quasi un rondó», del compositor recientemente fallecido Tomás Aragüés, muy amigo de Juan Manuel Gómez de Edeta (padre de Juan Manuel) y de toda su familia. Se trata de una obra de gran dificultad técnica y efectos modernos, que ya fue interpretada en Torreciudad por Juan Manuel padre en el año 2002.

La actuación concluyó con una improvisación al órgano sobre una melodía popular, «Salve, Madre de Torreciudad», en la que la organista jugó con los registros y posibilidades del gran órgano de Torreciudad de 4.072 tubos, obra del Maestro organero Gabriel Blancafort. No en vano Mónica es una experta en el arte de la improvisación y es profesora de esta disciplina en el Centro Superior de Música del País Vasco «Musikene», en San Sebastián. Un delicioso villancico vasco, «Ixil Ixilik» de Garbizu, fue el bis con el que el dúo obsequió al público para cerrar la actuación.

«Para mí, volver a Torreciudad para tocar de nuevo ha provocado principalmente una sensación de cariño —declaró Juan Manuel al terminar el concierto—. Cuando repites en un sitio es por algo, y este cariño viene de recuerdos familiares: vine por primera vez hace veinte años con mi padre, y hoy he vivido una experiencia muy especial, porque él ha estado aquí escuchándome. Doy las gracias a todos por recibirme tan bien siempre».

De su compañera de actuación y del propio concierto ha subrayado que «Mónica ha estado fantástica, fue ella la que me propuso venir a tocar el concierto, sin saber que yo ya había tocado aquí varias veces… Y este entorno y su gente, con las obras tan exigentes que hemos elegido, ha supuesto una gran responsabilidad». Acompañado también por su hija Julia, que a sus 8 años ya toca muy bien la trompa, no ha perdido la oportunidad de llevar a su tierra longaniza de Graus y tomate rosa de Barbastro.

Para Mónica «ha sido un gran placer poder participar en este Ciclo y tocar en este lugar tan impresionante. Impresionante también el órgano, por sus muchos colores, que he podido sentir tanto en mi alma como en la música que he compartido con Juan Manuel. He descubierto que, al final, todo tipo de repertorio es posible, desde el Barroco francés a los corales de Bach, pasando por Saint-Säens… Del gran romanticismo francés al gran romanticismo ruso, con Glazunov, y finalmente la improvisación… Creo que el auditorio promete mucho, se abre a todas las épocas y estilos musicales».

«Me he sentido muy cómoda en el órgano Blancafort —ha afirmado—, y me ha motivado mezclar los dos órganos. He dedicado bastante tiempo a preparar la registración, porque el instrumento ofrece muchas posibilidades. Me he encontrado en un ambiente creativo en el que cada teclado me permitía pintar colores, y lo que me costaba era decidirme por el mejor… También me ha resultado muy agradable el entorno, con mucha paz, que se presta a la meditación personal. Eso lo he experimentado en el tiempo libre que me han dejado los ensayos».

Maite Aranzabal, organista titular del santuario y directora del Ciclo de Órgano, realizó un breve balance al concluir la programación de este año: «Ha sido un acierto apostar por dúos; de hecho, ante la demanda del público, es el primer año que no hay un concierto de órgano solo. Y no ha supuesto ningún inconveniente porque el órgano sigue luciéndose en manos de los organistas, todos han interpretado grandes obras a solo».

Repasando las cuatro actuaciones, Maite ha subrayado que «cada concierto ha sido especial: el dúo argentino, que tocó por primera vez en Torreciudad, parecía que llevaba años de rodaje, por su exquisita compenetración y complicidad. Los jóvenes zaragozanos, por su parte, han sido la gran sorpresa de la tierra, y la expectación por escuchar a Järvi Instrumentalists quedó colmada con creces por su calidad. Hoy hemos tenido el colofón con el dúo de trompa y órgano, un concierto de clausura que me hacía especial ilusión porque he tenido la oportunidad de tocar en dos ocasiones con el trompista: en 2008 lo hice con padre e hijo y en 2012 con las tres generaciones: padre, hijo y nieto. Desde una perspectiva general —ha concluido—, tengo una doble y gran satisfacción: la respuesta del público, más de 1.300 asistentes en su conjunto, y el haber podido conocer y convivir con artistas de gran talla profesional y humana».​

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